Por qué los mejores líderes no tienen miedo de bajarse del pedestal y pedir ayuda

Buena parte de los líderes están ungidos con elevados dosis de fortaleza. Se sienten rebosantes de fuerza para lidiar con todo aquello (que no es poco) que les ha tocado en suerte. Y dominan con tantísima maestría el estrés y las complejidades emanadas de su trabajo que a veces se sienten «superhumanos».

No pocas veces los líderes acaban convenciéndose a sí mismos de que son «superhumanos» y de que cualquier señal de debilidad debe ser reprimida en aras un liderazgo sin mácula.

¿El problema? Que la humanidad no tarda en aflorar en la naturaleza inevitablemente imperfecta de los líderes (hasta de aquellos pertrechados de corazas más gruesas de protección).

Y aquellos líderes que no reconocen sus propias debilidades están, de hecho, peor preparados para resistir incólumes esa magna tarea que es el liderazgo, asegura Peter Bregman en un artículo para Harvard Business Review.

Que un líder aborte todo conato de debilidad es, al fin y al cabo, completamente insostenible. La vida echa sus zarpas tarde o temprano sobre los líderes (incluso los mejores), que son confrontados con su imperfecta humanidad, sus debilidades y sus carencias.

Las debilidades no hacen peores a los líderes (más bien al contrario)

Los líderes que estrangulan sus propias vulnerabilidades dan además síntoma de su pobre liderazgo. No en vano, el liderazgo pivota en torno a la conexión. Las personas siguen a los líderes, trabajan duro en su nombre y se sacrifican por ellos si sienten verdaderamente conectadas con aquellos a los que han endilgado previamente la etiqueta de paladines.

Aquellos líderes que aplastan las debilidades de las que son dueños en pos de parecer fuertes de cara a los demás están abocados en realidad a debilitarse. Al fin y al cabo, las vulnerabilidades hacen más vulnerables a los líderes cuando fingen que tales vulnerabilidades no existen.

Una vez los líderes se han bajado del pedestal para dar pábulo a sus propias vulnerabilidades, llega el momento de hacer aquello que verdaderamente define el buen liderazgo: pedir ayuda.

Necesitar ayuda y eventualmente terminar pidiéndola es parte ineludible del liderazgo (por mucho que algunos jefes crean que el trabajo de un líder es ayudar a los demás, no pedir ayuda a cuantos le rodean).

La cruda realidad es que los líderes que no necesitan ayuda no tienen en realidad a nadie que liderar. Las personas se sienten bien cuando prestan su ayuda a los demás. Se sienten también más inspiradas, y no contemplan con desprecio (teñido de misericordia) a aquel al que ayudan, si acaso se sienten más conectadas con él.

No, para ser un buen líder no hay que ser un “superhumano”. Basta con ser humano a secas, concluye Bregman.

Vía: Marketing Directo

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